Podría asegurar que Marte es el planeta de la muerte.
Superficie roja y carmesí, una base de sangre, sangre de animales pequeños como
bebes enfermos y enanos ebrios. Preguntémosle a Marte nuestro burdo final sobre
la Tierra, y seguramente el Dios de la Muerte nos permitirá saber como cobrará
vuestras vidas.
Si tan sólo pudiera caminar sobre sus praderas sangrantes y
resbalarme en su cáscara burdeo y coagulada, me sentaría sobre una colina a
observar las cascadas de líquido rojo y erupciones rojas de volcanes mortales.
Oiría los agonizantes gemidos de las víctimas de Marte y haría con ellos una
rapsodia negra, un clamor al Dios Rojo… “ven, ven por mí y te seguiré a donde
quieras arrastrarme”.
A Marte no le interesan las revistas de moda, sólo rasgar
vestidos para tomar la trémula carne que se desliza bajo ellos y hacer de ella
una gran mescolanza en una olla de acero negro, la cual revolverá pacientemente
hasta obtener su pócima de muertos.
El Dios Rojo a veces se presenta ante mí, me mira con sus
ojos de fuego y lava ardiente, me intimida y me atrae a la vez. No me
importaría que llegara a mi vida, haría comunión con el Dios Rojo bebiendo mi
propia sangre para luego entregarle mi cuerpo terrenal y pútrido a los gusanos
blancos y que hagan de él su cena favorita o su desayuno nutritivo.
Rezarle a Marte es un ritual peligroso, la muerte es
traicionera y ataca en la oscuridad más profunda. Rezarle al Dios de la Muerte
es paganismo placentero, se le debe entregar algunas gotas propias para que
conceda su magia mortal, y si se entregan con dolor el rezo es más audible que
nunca, así es como oye y obedece.
En algunos milenios Marte se aplastará contra nuestro
planeta y será maravilloso, un espectáculo ardiente y mortífero. El triste y
cabizbajo planeta azul sumergiéndose en una esfera de sangre y desapareciendo
ambos del espacio.
¿Qué misterios esconderá nuestro rojo vecino sicópata?

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